Invitación

Te invito a la mágica aventura de escuchar un cuento.................. estoy segura de que no te arrepentirás............

sábado, 16 de abril de 2011

EN MÁRMOL Y A TAMAÑO NATURAL. Edith Nesbit



Cristian y yo estábamos en nuestra luna de miel.  Un día salimos de la ciudad de la costa en que residíamos para visitar la iglesia de un pueblecito del sur.  La región era hermosa y apacible, y quiso la suerte que encontráramos en venta una casa de campo cerca de la iglesia.


La casa en cuestión era un edificio bajo y alargado cuyas habitaciones sobresalían en ángulos inprevistos.  La habían construido sobre los restos de una antigua casa que en otro tiempo se había alzado allí.  Distaba unos tres kilómetros y pico del pueblo.  Y decidimos comprarla.


Yo era pintora en aquel tiempo, y Cristian escribía poemas y relatos.  Contratamos a una vieja campesina llamada señora Eulalia para que se encargase del orden de la casa.  Fue un gran descanso para nosotros.  Además de ocuparse de los quehaceres domésticos, nos entretenía con historias sobre contrabandistas y salteadores de caminos,  más aún, sobre horribles apariciones que podían sorprender a cualquiera en las noches solitarias y estrelladas.


Gozamos de tres meses de felicidad.  Luego, una noche de octubre, la señora Eulalia anunció de repente que se marcharía al finalizar la semana.  Algo la inquietaba.


- Últimamente se comporta de manera muy extraña - me dijo  Cristian - ¿La habremos ofendido en algo?


- Después hablaré con ella - contesté - .  Vamos a dar un paseo hasta la iglesia.  Eso siempre me sienta bien.  


Nos encantaba visitar la amplia y solitaria iglesia, sobre todo en las noches estrelladas.  El camino que conducía a ella cruzaba serpeante el bosque, subía una cuesta y atravesaba dos prados antes de llegar a la tapia del cementerio que la rodeaba.


Dentro, los arcos se perdían en la oscuridad.  La luna se filtraba por las hermosas vidrieras.  A cada lado del altar había una losa, y encima de cada losa yacía la figura en mármol blanco de un caballero armado, con las manos juntas en oración.  Estas estatuas, de tamaño natural, eran los objetos más llamativos de la iglesia, y parecían desprender luz propia en contraste, sobre todo, con el roble oscuro de los bancos y las paredes forradas de la iglesia.


Los campesinos habían olvidado los nombres de estos caballeros, aunque decían que habían sido hombres feroces y malvados.  Tan abominables eran sus fechorías que el cielo les castigó fulminando su mansión.  Mansión que, dicho sea de paso, se había alzado en el solar que ahora ocupaba nuestra casa.


Viendo sus rostros adustos de piedra no costaba creer que fueran ciertas las hazañas que se contaban de ellos.  Pero pese a toda su maldad, sus descendientes fueron lo bastante ricos para convencer a la iglesia de que acogiese sus efigies.


Esa noche contemplamos Cristian y yo las estatuas yacentes, descansamos un rato y regresamos.  Una vez en casa, presioné a la señora Eulalia para que me dijese el verdadero motivo por el que quería dejarnos.


- ¿Ha observado en nosotros algo que no le parezca bien, señora Eulalia? - pregunté.
- No, señora.  Han sido ustedes muy buenos, desde luego.
- Entonces, ¿por qué quiere irse esta semana? ¿Y así, tan de repente? - insistí.
- Pues verá, señora - dijo en un tono bajo, inseguro -: seguramente ha visto en la iglesia las dos imágenes que hay ambos lados del altar.
- ¿Se refiere a las estatuas de los caballeros con armadura? - dije alegremente.
- Me refiero a los dos cuerpos tallados en mármol a tamaño natural - hizo una pausa para aspirar profundamente, y luego prosiguió -: Dicen que en la víspera de Todos los Santos se levantan, bajan de las losas y se pasean por la nave.  Y cuando el reloj de la iglesia da las once, cruzan la puerta y salen al cementerio y al camino.  Y si la noche es lluviosa, por la mañana se ven las huellas de sus pies.
- ¿Y adónde van? - pregunté, fascinada por la pintoresca leyenda.
- Vienen aquí; a lo que fue su casa, señora.  Y si alguien se encuentra con ellos .....
- Bueno, ¿qué le pasa? - pregunté.  Pero no hubo manera de sacarle una palabra más ...., salvo una advertencia:
- Decida lo que decida, señora, cierren la puerta temprano la víspera de Todos los Santos.


No le conté nada a Cristian sobre esta leyenda.  Consideraba la historia una bobada.  Ya se la contaría después.  El jueves 30 de Octubre, la señora Eulalia se marchó como había anunciado.  Prometió volver a la semana siguiente.


Llegó el viernes, víspera de Todos los Santos.  Cristian y yo pasamos un día agradable haciendo limpieza y trabajando.  Pero cuando el sol empezó a declinar, el estado de ánimo de  Cristian decayó.


- Estás triste, cariño - dije
-  Triste exactamente, no - contestó él -.  Estoy inquieto.  Tiemblo pero no tengo frío.  Siento como si fuera a pasar algo.


Estábamos sentados delante de la chimenea.  Nos quedamos en silencio.  Cristian se animó un poco, aunque parecía lejano.  Me apetecía caminar antes de irme a la cama; pero como no quería molestar a Cristian, le dije que estaría afuera un ratito.


- No te entretengas mucho - dijo él.
- No, cariño - repliqué, y le di un beso en los labios.


Al salir de la casa no cerré la puerta con llave.  La noche era absolutamente silenciosa.  Mas allá de los prados se recortaba contra el cielo el campanario negro y gris de la iglesia.  La campana dio las once.  No tenía ganas de acostarme todavía, así que decidí dar un paseo  hasta la iglesia.  Al alejarme de la casa pude ver, a través de la ventana, a Cristian sentado en su butaca junto al fuego, y dormido ya.


Caminaba despacio, siguiendo el camino del bosque.  Oía claramente pisadas en las hojas secas.  Me detuve, pero el ruido se detuvo también.  "Sin duda es el eco", pensé.


Al acercarme a la iglesia vi que la puerta estaba abierta.  Dado que los únicos que la visitábamos entre semana éramos Crisitan y yo, me culpé a mi misma por haberla dejado sin cerrar en nuestra última visita.


Entré.  No había recorrido la mitad de la nave cuando recordé con un escalofrío que eran precisamente el día y la hora en que se decía que cobraban vida las dos estatuas de mármol.


Me avergoncé de haber tenido ese instante de temor y me alegré de haber ido a la iglesia:  así podría decir a la señora Eulalia lo disparatada que era su leyenda.


Con las manos en los bolsillos, avancé por la nave casi a oscuras.  Justo entonces salió la luna, derramando su luz en la iglesia.  Me detuve en seco.  El corazón me dio tal brinco que casi me ahoga; y a continuación casi caigo desfallecida.


¡Los caballeros de mármol habían desaparecido!.  Pasé la mano por las losas para comprobar que no eran imaginaciones mías.  Estaban suaves y lisas.  ¡Las estatuas se han ido!.


El terror se apoderó de mi.  ¡Cristian!.  Sali corriendo de la iglesia, mordiéndome el labio para no gritar.  Cerca de casa, surgió ante mi una figura oscura.  Lleno de presagios, grité:
- ¡Fuera de mi camino, imbécil!
Al intentar seguir adelante, me cogió los brazos por encima del codo.  Era nuestro vecino el doctor Kelly.
- ¡Suéltame estúpido! - exclamé con voz entrecortada -.  ¡ Las efigies de mármol han salido de la iglesia!
- Ha escuchado usted demasiadas consejas - rió el doctor.
- He visto las losas vacías.  Temo que le haya pasado algo a Cristian - supliqué.
- Tonterías - dijo el doctor -.  Venga conmigo y le enseñaré las losas.  No sea pusilánime.


La actitud sosegada del doctor me devolvió la serenidad.
Regresamos a la iglesia y recorrimos la nave.  Cerré los ojos, convencida de que las estatuas no iban a estar allí.  Oí que el doctor encendía una cerilla.
- Ahí  las tiene - dijo alegremente.  ¡Y allí estaban! Exhalé un hondo suspiro y le estreché la mano.
- Ha debido engañarme algún efecto de luz - dije avergonzada.
- Sin duda alguna - replicó él.  Se había inclinado a mirar la estatua de la derecha, que era la de aspecto más terrible -.  Mire - añadió el doctor -.  Tiene rota una mano.


Y así era, en efecto.  Yo estaba segura que cuando Cristian y yo visitamos la iglesia esa mano se encontraba en perfecto estado.  Pero me tranquilizó tanto comprobar que la estatua estaba allí que no me preocupó que tuviera la mano rota.


Era tarde.  Invité al doctor Kelly a casa.  Cuando nos acercábamos, vimos que salía luz por la puerta abierta.  ¿Habría salido Cristian?


Miramos en el cuarto de estar.  Al principio no lo vimos.  Su butaca estaba vacía, y su libro y sus lentes estaban en el suelo.


Lo encontramos en el asiento de la ventana, reclinado sobre una mesa.  Tenía la cabeza apoyada en la mesa, sus labios estaban contraídos, y tenía los ojos extremadamente abiertos.  ¿Qué era lo último que habían visto?


- ¡Ya estoy aquí, Cristian! ¡Háblame! ¡No me asustes! - exclamé.
Se derrumbó exánime en mis brazos.  Tenía las manos fuertemente apretadas.  En una de ellas sujetaba algo.  Cuando tuve la total seguridad de que estaba muerto, dejé que el doctor le abriese la mano para ver qué sujetaba.


Era un dedo de mármol blanco.

viernes, 11 de marzo de 2011

CELEBRACION



Ocupada como estaba con la vida del resto, casi me olvido que una vez más cumplo años.  Si no fuera por los saludos en Facebook, habría logrado pasar piola.  Jolgorio, allá vamos.


Agustín me invitó a comer al Matsuri, y yo acepté más que contenta.  Después de todo, mi agenda estaba de lo más disponible después de la oficina.  Quedamos en vernos a las 7 y media y obviamente que al llegar a la oficina me encontré con un gran ramo de girasoles, lo que me dejó pensando si era un buen o mal signo que no fueran las rosas rojas de la pasión.  A la hora de almuerzo me junté con Fede y, ya que estábamos en el día de mis treinta y siempre, me tomé un pisco sour, total, pensaba huir tipo 5 a mi casa, para prepararme.


Tipo cuatro y media empecé a guardar mis cosas, cuando entra Sofía, la recién llegada practicante, y me anunció que me esperaban en la sala de reuniones.  OK, dije yo, me cantan, me como algo y parto.  Entré y, oh, sorpresa.  Una linda torta de cupcakes se robó mi atención.  Y oh, doble sorpresa, en vez de bebidas ¡unas botellas de champaña!.  No sé que cara habré puesto, pero el público presente dejó en claro que las innovaciones eran responsabilidad de la joven compañera.  Una hora más tarde estaba poniéndome la chaqueta para tomarme un happy hour con un par de compañeritas, cambio de planes motivado por la champaña y por las ocurrencias de mi nueva amigui, Sofía.  No sé como avanzó la hora, pero de repente eran las 11 de la noche y estaba en mi auto, camino al Club Amanda.  Estaba en la barra, pidiendo un vodka tónica, cuando me acordé de Agustín.  ¡Lo dejé plantado!


Pensé en llamarlo y reptar para que me perdonara.  Pero la música estaba tan buena.  Y mi sangre tan alcoholizada.  Y mis pies, con tantas ganas de moverse.  Ay, las malas juntas.  Sofía estaba a mi lado y le bailaba a un guachón que debe haber tenido, con suerte, 21.


Desperté a las diez de la mañana del día siguiente, con las panties rotas, la ropa salpicada de piscola y la sensación de haberlo pasado excelente.  Y sin culpas.  Si Agustín se enoja, puedo mostrarle mis heridas de guerra de un excelente cumpleaños en estilo de veinteañera.



ISABELA



La soledad la asaltó a mitad de la vida. Sin fábulas o mitos de donde asirse para replantearse su existencia desde esa perspectiva. Se la veía en muchas fiestas, reuniones y convenciones. Se daba a conocer abiertamente por su famosa frase: Sin compromisos. Aceptaba una copa con alguno que otro compañero de trabajo. Cuando le ofrecían seriedad y compromiso, ella reía y recalcaba su frase. A la alcoba sí, al matrimonio, nunca. Sus veladas terminaban en algun hotel de paso o en algun apartamento donde se entregaba como texto a ser devorado como devoraba ella el de sus amantes.

Pero el tiempo, caprichoso la apartó de las noches largas. Cesaron las invitaciones. A otros les llegaron hijos, hogares y compromisos. Al principio los criticaba cruelmente. Decía que se ataban a estructuras sociales que terminarían estrujándoles la juventud en una rutina inacabable. Y se dedicó a viajar. Conocer otros mundos. Cuántas aventuras placenteras. El sexo libre, sin ataduras. Una, dos noches, a lo sumo tres y si llegaba a dos semanas con el mismo amante, desaparecía de su vida sin prevenirlos.

Esa noche se tendió en su cama. El día había resultado agotador. Era de noche. En su minúsculo apartamento, sólo se escuchaban los sonidos de los enseres domésticos que apenas usaba. El aire acondicionado, y una brisa que hacía chocar las cortinas de su habitación. Llegaron los recuerdos. Las noches eróticas. Los besos. Se desnudó y observó su cuerpo. A sus cincuenta años conservaba algún atractivo, pero los hombres las preferían más jóvenes. Había tenido acercamientos sexuales, pero ya no eran los mismos hombres que ejercían aquella atracción feroz que la doblegaba y no se negaba en la cama.
Después del baño, se puso su perfume preferido. Se puso un escotado vestido negro y se dispuso a salir. Dio varias vueltas en su automóvil por el centro de la ciudad. No sabía a dónde ir. En ninguno de aquellos lugares estarían sus amistades de siempre. A pesar de ello se aparcó y entró a un bar. Pidió una copa de vino. Sabía que algún caballero se le acercaría. Varios posaron su mirada en sus senos cuando entró. Un hombre alto, de unos sesenta años se sentó a su lado y le brindó compañía. Sin decir siquiera los nombres, conversaron largamente toda la noche, entre tragos y aplausos al pianista que amenizaba la velada. No la invitó a la cama, pero la acompañó hasta su auto y antes de despedirse, le entregó una flor que le compró a uno de los chamos que vendían por allí. Le dio un beso en la mano y le dijo: Isabela Montes, aún sigues sola. Lo dijiste y lo hiciste.

Ella, sorprendida, intentó descifrar aquel rostro y no pudo reconocerlo. Él le dijo. No tiene caso. Desearía esta noche acompañarte, quedarme como en los buenos tiempos contigo, irnos a tu cama o mi cama. Pero mis tres hijos me esperan. Aunque enviudé, no estoy solo. Ellos saben que cada viernes vengo a tomarme unas copas para quitarme el estrés, y no se van a sus fiestas hasta que me ven seguro en la casa. Y se fue caminando calle abajo, con las manos metidas en los bolsillos, mientras Isabela, lo observaba, llorosa, sin saber con quién había tenido una de las veladas más hermosas de su vida.

domingo, 28 de noviembre de 2010

GUILLERMO JORGE MANUEL JOSE. Mem Fox



Había una vez un niño llamado Guillermo Jorge Manuel José. ¿Y saben? Ni siquiera era un niño muy grande.


Su casa quedaba al lado de un hogar para ancianos y conocía a todas las personas que vivían allí.


Le gustaba la Señora Marcano que por las tardes tocaba el piano.
Y también el Señor Tancredo que le contaba cuentos de miedo.


Jugaba con el Señor Arrebol que era loco por el beisbol.
Hacía mandados para la Señora Herrera que caminaba con bastón de madera.
Y admiraba al Señor Tortosa Escalante que tenía voz de gigante.


Un día, Guillermo Jorge Manuel José escuchó a su papá y a su mamá hablando de la señorita Ana.


– Pobre viejecita – dijo su mamá.
– ¿Por qué es una pobre viejecita? – preguntó Guillermo Jorge.
– Porque ha perdido la memoria – dijo su papá.
– Lo que no es raro – dijo su mamá –. Después de todo, tiene noventa y seis años.
– ¿Qué es una memoria? – preguntó Guillermo Jorge.
– Es algo que se recuerda – contestó su papá.


Pero Guillermo Jorge quería saber más.
Fue a ver a la Señora Marcano que tocaba el piano.
– ¿Qué es una memoria? – preguntó.
– Algo tibio, mi niño, algo tibio.


Fue a ver al Señor Tancredo que le contaba cuentos de miedo.
– ¿Qué es una memoria? – le preguntó.
– Algo muy antiguo, muchacho, algo muy antiguo.


Fue a ver al Señor Arrebol que era loco por el beisbol.
– ¿Qué es una memoria? – le preguntó.
– Algo que te hace llorar, jovencito, algo que te hace llorar.


Fue a ver a la Señora Herrera que caminaba con bastón de madera.
– ¿Qué es una memoria? – le preguntó.
– Algo que te hace reír, mi cielo, algo que te hace reír.
Fue a ver al Señor Tortosa Escalante que tenía voz de gigante.
– ¿Qué es una memoria? – le preguntó.
– Algo precioso como el oro, niño, algo precioso como el oro.


Entonces, Guillermo Jorge Manuel José regresó a su casa a buscar memorias para la señorita Ana, porque ella había perdido las suyas.


Buscó las viejas conchas de mar que hacía tiempo había recogido en la playa
y las colocó con cuidado en una cesta.


Encontró la marioneta que hacía reír a todo el mundo y también la puso en una cesta.


Recordó con tristeza la medalla que su abuelo le había regalado y la puso suavemente al lado de las conchas.


Luego, encontró su pelota de fútbol, que era preciosa como el oro, y por último, camino de la Señorita Ana, pasó por el gallinero y sacó un huevo calientico de debajo de una gallina.


Entonces, Guillermo Jorge se sentó con la Señorita Ana y le fue entregando cada cosa, una por una.


“Qué niño tan querido y extraño que me trae todas estas cosas maravillosas”, pensó la Señorita Ana.


Y comenzó a recordar.


Sostuvo el huevo tibio en sus manos y le contó a Guillermo Jorge de los huevo azules que una vez encontró en el jardín de su tía.


Acercó una concha a su oído y recordó el viaje en tren a la playa, hace muchos años, y el calor que sintió con sus botines altos.


Tocó la medalla y habló con tristeza de su hermano mayor que había ido a la guerra y no había regresado jamás.


Se sonrió con la marioneta y recordó la que ella le había hecho a su hermana pequeña y cómo se había reído con la boca llena de avena.


Le lanzó la pelota a Guillermo Jorge y recordó el día en que lo conoció y los secretos que se habían contado.


Y los dos sonrieron y sonrieron, porque la memoria de la Señorita Ana había sido recuperada por un niño que tenía cuatro nombres y ni siquiera era muy grande.

sábado, 27 de noviembre de 2010

MARIPOSAS



Los rayos de sol se filtraron con dificultad a través de los vidrios sucios de l a ventana, resaltando los dibujos geométricos de la alfombra.  No había muchos muebles en la habitación, apenas una mesita de patas cortas con una tetera de cobre que hervía agua sobre un hornillo y dos catres de madera – con colchones cubiertos por cobertores de telas bordadas – a lo largo de las paredes.  La gruesa alfombra en tonos escarlatas, que cubría el piso casi por entero, era dónde se servía la comida.  A un lado se hallaban grandes y pequeños almohadones amontonados en una esquina, una pesada cortina de lana separaba esta instancia del resto de la vivienda.
          
Era una casa campesina ubicada en la región de Nuristán, en lo profundo de las montañas del Hindu Kush, al noreste de Afganistán.  Decían que los cimientos de piedra de la casa eran tan antiguos como el origen de la familia que la habitaba, ya que se proclamaban descendientes en línea directa de Alejandro Magno conocido con el nombre de Sekandar Kabir.   Alejandro Magno, rey de Macedonia, había conquistado ese territorio, siglos atrás, en su paso para someter India.
          
Si bien los otros habitantes del poblado de Derapech, en la provincia de Kunarhar no aspiraban a tener sangre real, sí aseguraban, orgullosamente, ser descendientes de los militares griegos que acompañaron a Alejandro Magno, y afirmaban que esa era la razón del color claro de su piel y el azul-verdoso de sus ojos, características sobresalientes de la gente de la región.
          
Ahamed Abedy entró a la habitación empujando la pesada puerta de madera que protestó con un chirrido.  Era un niño de once años, de ojos profundamente azules, hijo mayor y único varón de la familia que contaba con cuatro niñas menores que él.
          
Ahamed venía del poblado dónde asistía a la escuela  tres veces por semana para estudiar el Corán, el libro sagrado de los musulmanes.  Llevaba el ceño fruncido por la preocupación.
          
Su maestro, que era también su tío preferido, Jashi, les advirtió sobre las extrañas minas terrestres, los explosivos que los aviones de guerra habían comenzado a lanzar en los campos y que estallaban al tocarlos.  Lo más peligroso era que estos explosivos eran pequeños, de colores brillantes y en forma de mariposa, lo que les daba una apariencia de juguetes.  Esto atraía especialmente a los niños y niñas quienes, al tratar de recogerlos, morían o quedaban mutilados.
          
El muchacho sabía que debía advertir a sus hermanas apenas regresaran a casa.  Se acercó a la mesa y vertió un poco de té en un vaso de vidrio.  Destapó el azucarero, se sirvió varias cucharadas, meció despacio y tomó el té a sorbitos para que no se regara.  Con el vaso en la mano, se sentó sobre la alfombra apoyándose en los almohadones.  Tenía los pies descalzos, con unas medias a rayas rotas en los talones.
          
Desde el poblado llegó uno de los llamados a la oración que entonaba un mulah, el líder religioso de la comunidad.
          – Alá Ah-Akbar, Dios es grande……
         
Ahamed buscó debajo de la mesita y sacó una alfombra pequeña sobre la cuál él rezaba.  Salió de la casa.  Se quitó los calcetines.  Extrajo agua de un balde con una jarra y la puso en una palangana.  Se  lavó manos y pies – como exigía el ritual de purificación – y se arrodilló con el rostro en dirección a La Meca, lugar sagrado en el mundo musulmán.  Se inclinó y rezó:
          – La Ilaja Lil A-lah, no hay otro Dios que Alá.  ¡Oh, Alá, el misericordioso……
          
En medio de sus plegarias escuchó el ruido de aviones. Alzó la mirada.  Eran dos y volaban bastante bajo sobre los bosques de cedros y pinos azules que bordeaban las laderas de las colinas.  Tenían una estrella roja en cada ala.  Su instinto fue entrar de inmediato a la casa, pero no lo hizo y continuó rezando.  Él descendía de Alejandro Magno y por eso no podía tener miedo era el último descendiente de Sekandar Kabir, el último………… sería Alá, el poderoso, quién dispondría de su vida….. finalmente.
          
Cerró los ojos y se concentró en la oración.
          
Escuchó el vibrar de unas ametralladoras.  Eran las únicas cuatro que tenían los rebeldes del poblado y estaban situadas en una loma cercana.
          
Los aviones dieron la vuelta y volaron de nuevo sobre el campo, dejando a su paso una estela de pequeños objetos de colores que cayeron silenciosamente en la hierba.
          
Ahamed terminó de rezar, cuando una camioneta vieja y destartalada se detuvo en el camino que subía a la casa: cuatro niñas de diferentes edades saltaron de la cajuela y corrieron por la hierba.
          
El muchacho recordó lo dicho por su tío, le sudaron las manos y se secó la boca.
          
Ahamed Abedy bajó corriendo por la ladera junto al camino. Sabía que corría más rápido que cualquiera de sus hermanas, pero ellas le aventajaban en distancia.
          – Arggggg, argggg, aaaaaaa – el grito salió intermitente de su garganta.
          
Las niñas se detuvieron y lo miraron.  Luego, en medio de risas, continuaron corriendo.  Querían llegar antes que su hermano al lugar dónde habían visto caer los objetos de colores.
          
Pero esa pausa había sido suficiente y ahora Ahamed corría casi a su lado.  Una de sus hermanas se adelantó riendo y llegó junto a uno de los supuestos juguetes.  Era amarillo y parecía una mariposa sobre la hierba.  La niña se detuvo jadeante y se agachó extendiendo su mano, pero Ahamed llegó primero y tomó la mariposa con una mano prosiguiendo su loca carrera.
          
Finalmente, miles de mariposas amarillas y resplandecientes volaron a su lado.
          
Miles de mariposas amarillas.
          
Miles de mariposas.
          
Mariposas.

Nota del autor:

Afganistán

Cientos de miles de minas de tierra fueron lanzadas por aviones soviéticos en 1979 para ayudar al gobierno comunista de esa época, y en 1989, por las fuerzas del gobierno central contra los talibanes.  Casi la mitad de estas minas se hallan aún regadas por el campo y son una amenaza de muerte, especialmente para las niñas y niños que tratan de recogerlas, pues las confunden con juguetes de plástico por su color brillante.

martes, 12 de octubre de 2010

LEYENDA. Rosa Castro Avendaño



Cuenta la leyenda que hace muchos años atrás, un día en que la Tierra estaba cayendo en un letargo de desesperanza, Dios reunió a sus ángeles y de entre todos ellos eligió a los más traviesos y les encomendó la misión de bajar a la tierra y enseñar a los hombres a volver a soñar, de enseñar a los hombres a volver a reír, de enseñar a los hombres a volver a creer; de enseñar a los hombres a volver a ser niños; bajaron con mucho entusiasmo, pero eso sí, no podían ser ángeles acá, tenían que ser simples mortales; entonces se despidieron de sus amigos y familiares con un hasta pronto y como eran traviesos bromeaban respecto a su regreso, dejaron sus alas, sus aureolas y su magia, mas no su esencia;  al llegar se encontraron con un mundo gris, con un mundo que había olvidado la alegría, la esperanza, las ganas de vivir y el amor; fue un trabajo muy duro y a diario entregaban cuentas a Dios, empezaron a flaquear y a sufrir, y aprendieron a llorar ya que lamentablemente el desconcierto era mayor de lo que desde el cielo se veía y se sintieron solos y abandonados y comenzaron a perder su esencia, comenzaron a contagiarse con esa nube negra; en sus cabecitas comenzaron a criarse cuervos negros que no traían buenos augurios y tuvieron que subir y tuvieron que volver y al llegar arriba lloraron, lloraron mucho y pidieron perdón por no poder cumplir la misión que se les encomendó; Dios solo los miró y en su infinita bondad y amor les habló ……..

---“Les envié a ustedes, los más traviesos y los más niños porque solo ustedes podrían haber llegado tan lejos y haber resistido tanto tiempo; a mi hijo lo envié hace muchos años ya y ellos ya lo olvidaron, ellos ya olvidaron el mensaje enviado junto con él, sé que lo que vieron es más de lo que se logra ver desde acá arriba, es por eso que deseo que sequen esas lágrimas y que vuelvan a recuperar su esencia perdida; lo que hicieron allá abajo fue solo un entrenamiento de lo que vendrá, necesitaba que conocieran el dolor de mis hijos, para que les pudieran ayudar; ya tienen sus alas de vuelta, vuelvan a volar, vuelvan a jugar y reír y amar, porque la verdadera misión es la que está por comenzar”-----; los ángeles volvieron a reír, pero también a llorar, volvieron a jugar y a amar pero también a sufrir; no podían olvidar la desesperanza en la que vivían los mortales; hasta que un día fueron llamados para lo que se habían preparado “la gran misión”, y los reunió a todos, uno por uno les fue mostrando la miseria en la que estaba consumida la tierra y les dio a elegir que mortal deseaban guiar y enseñar el difícil pero hermoso arte de amar, luego de ser elegidos, sus alas les eran retiradas y eran enviados a la tierra como uno más;  su misión era simple, al mortal elegido le tenían que enseñar respecto al amor, a la esperanza, al respeto, a valorarse a si mismo, a quererse; ……….. y ………. desde ese día la tierra está poblada por mortales y ángeles, y sólo cuando miras con los ojos del corazón puedes ver caminar junto a un mortal, un ángel; sólo cuando miras con los ojos del corazón puedes mirar al lado y ver TU ANGEL.